Colección infinita de silencios…

Por Antonio Correa Iglesias.

Emulsionado, como convocando conjuros milenarios u oscuras evocaciones, las figuraciones que se adueñan de estos lienzos están más cerca de lo fantasmagórico que a una posibilidad versificadora. Poseídas por un silencio evocativo, por una colección infinita de silencios que al decir de Lezama Lima es un agolpamiento de la sangre, sobresalto compulsivo, hermético viaje a un inframundo sobre-colmado de transparencias indescifrables.

Yuniel Delgado Castillo construye una figuración ausente de rostros, suerte de manierismo invertido en una secularidad asqueada de trazos relamidos y en HD. Lo desconcertante de su obra radica en el poder expresivo de sus actantes, ausentes de trascendencia e hiperbolación. Es cierto que su trabajo nos puede conducir a una reflexión comparativa sobre el arte, sin embargo se hace irrelevante diluirse entre asunciones o negaciones sobre la conformación de la obra. Lo verdaderamente importante es la fuerza expresiva de la imagen, la peculiar manera en que la composición guarda el equilibrio en el silencio; la manera en la que el rostro de piedra guarda para sí la configuración momentánea en la ensoñación. Basta ya de buscar el fundamento analítico del arte contemporáneo y detengámosno en la fuerza telúrica que ha sido agazapada en un bastidor.

Como tauromaquias en revival, reminiscencia de una agónica pesadilla, estos espectros colonizan una manera expresiva como si Némesis invocara en ellos un oscuro propósito que asecha en la hibernación negada en el tiempo, o signada por una fatalidad que no es nada más que la argumentación de los solipsistas. El carácter mórbido de una figuración acompasado por un ritmo, muchas veces asociados a las ondulaciones producidas por las excesivas curvaturas, denotan una reminiscencia expresionista pocas veces usual en la pintura cubana.

Como tranzadas-transadas por un sufrimiento, por una agonía impredecible, la figuración de Yuniel Delgado Castillo ejercita la mano del calígrafo como pocos hoy lo hacen. Sus trazos abren una herida, desgarran la superficie que se abriga en la germinación, sangran para lograr la curación. Gruesos “filigranas” componen una voracidad que abre un abismo oscuro y secular. Asomarse, sumergirse, nos coloca en un filoso y estremecedor declive de nuestra condición para asistir a una profundidad previsible, alejada del mimado espejo que nos devuelve la imagen de Narciso. Así de extraviado me sentí cuando una tarde de verano hipostasiado de otoño, visite su estudio.

La atmosfera de su obra transita o transpira pasajes más asociados a lo onírico que a la propia posibilidad establecida en una narración de ficción. Son cortes cinematográficos, apariciones, reminiscencias o en el peor de los casos, premoniciones más cercanas a la sensibilidad de Rasero en el “Sueño de la razón”. Todo es vertiginoso aunque tengamos la sensación de que el ritmo esculpido en el tiempo de Tarkovsky lo relentece. Destellos que como iluminan también ciegan. Pasajes inconexos que sentencian en su fuga un axioma oracular.

La densidad temática y figurativa así como la búsqueda de lo irreconocible que habita en el misterio, en las profundidades azules tornadas en negro de Mallarme o encarnadas en la ciudad de los tísicos de A. Valdelomar; hace de la obra de Delgado Castillo un compendio de escalofriantes evocaciones. Como quien asiste a un museo de la desfiguración o a los caprichos del sordo de las pinturas negras. Un silencio profundo se apodera de la figuración, no hay margen de diálogo en una pesadilla. En el mundo de Hipnis la memoria reproduce la sensación de desasosiego que regujitada, escupe con toxicidad malsana sus enclenques “personales”. El grito se reduce al silencio, a un gemido escalofriante que conduce a otro silencio como agonía que se consume y se extiende por todo un cuerpo poblado de escaras verde-azules; evocación de una juventud extinta. Como la mano huesuda y alunada que te sostiene y pulsa su fuerza muscular, halito que se extingue lentamente como única señal de vida. Indescifrables, como la muerte son estos seres en los cuales un día nos convertiremos.

La fuerza de esta obra radica en lo estremecedor de su composición y ritmo plagado de un movimiento intestinal que evapora cualquier vestigio de alegría. Su obra pictórica es una antología de los sufrimientos y los desvelos. La fuerza expresiva de la misma no puede ser suficientemente condensada ni cotejada en una sentencia analítica. Hoy más que nunca lo contemporáneo en el arte pasa necesariamente por un cuerpo referencial que da paso a la experiencia estética. Sin este, estaríamos como una vaca ante una orquesta.

Como en todo, la obra Yuniel Delgado Castillo también es una búsqueda de lo humano, de lo que hemos sido, de lo que hemos pretendido ser y en lo que nos hemos convertido. Suerte de Bestiaro Cortazariano accesible solo desde una narratividad de ficción. Los desgarramientos y a-cromatismos de su pintura no son otra más que sus propias laceraciones, sus angustias llevadas a un lienzo. Suerte de vademécum de prodigiosas concurrencias. Infierno de Dante, Paradiso de Lezama. Dos universos, una vitalidad plagada por la sonrisilla de la socarronería y expresada en la fragilidad de nuestra condición.

Lo vertiginoso en lo más contemporáneo en pintura cubana está colocando cierta universalidad temática en la indagación morfológica y conceptual; así como una manera nueva de construir desde la imaginación. Quizás sea este un indicio de un cambio definitivo hacia una nueva sensibilidad y por demás, hacia una nueva inteligibilidad y su necesaria narratividad. La obra de Yuniel Delgado Castillo es impresionante no solo porque está ausente de una normatividad arrogante y recurrente; sino porque la sensibilidad engendrada desde la memoria, coloca a este creador ante el acertijo de una voluntad aun no surcada. Desgranar las hebras de la agonía, resarcir la memoria en sus pasajes truncos e indescifrables es sin lugar a dudas un ejercicio necesario por arqueológico para toda la cultura cubana, de esta manera, espero definitiva podremos superar los fantasmas que agazapados aun asechan para ausentes de remordimientos, asestar un golpe demoledor que les permita re- encarnarse en una nueva secularidad omnipresente maquillada de futuro.